Gor, el pueblo más viejo de Granada

Los años de prosperidad del municipio coincidieron con el auge de la industria remolachera en la comarca de Guadix, pero el campo dejó de dar oportunidades en la localidad y poco a poco sus habitantes buscaron fortuna en otros lugares

Ambrosio toma el primer café de la tarde en Gor. /Torcuato Fandila
Ambrosio toma el primer café de la tarde en Gor. / Torcuato Fandila
JESÚS JAVIER PÉREZGOR

Una carretera perfectamente asfaltada nos saca de la A92N para llevarnos a Gor, el pueblo más envejecido de la provincia de Granada. En una de las curvas de la carretera que lleva al pueblo se sitúa el estribo de piedra de lo que fue el antiguo puente ferroviario. Hoy sólo sustenta una imagen del Corazón de Jesús, que bendice los campos que jalonan el camino hasta el pueblo, el mismo que recibe a los visitantes y el que despide a los goreños cuando se alejan de su pueblo.

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Gor nos recibe con la residencia de mayores San Cayetano, que queda en la orilla izquierda y un parque de mayores recién estrenado. El pueblo presume de haber contado en sus viejos tiempos con más de 7.000 habitantes, incluso se quedó muy cerca de los 8.000, pero hoy las cifras oficiales dejan el número en unos 750 vecinos.

Hoy Gor es el 10% de lo que fue antaño. En la plaza Mayor, frente al ayuntamiento, Santiago Yeste, vecino de la localidad, comenta que hoy «en cada calle puede haber tres casas habitadas», aunque apunta que en el pueblo difícilmente nos encontremos con una casa abandonada. Los vecinos presumen del «apego», en palabras de Santiago, que sienten por su pueblo y aprovechan cada ocasión para venir y cuidar de sus casas. Durante las fiestas de San Cayetano, a principios de agosto, Gor recupera parte de su vigor.

Se suman a la conversación Juan Frutos y Paco Lozano, que como Santiago trabajan en la construcción. Entre los tres hacen una enumeración rápida de los servicios que hay en la localidad: dos supermercados, dos bares, una farmacia, una sucursal bancaria, correos y consultorio médico, con un médico y un enfermero.

Mientras que Santiago comenta cómo la población del pueblo se ha ido mermando década a década, cruzan por la plaza varias empleadas del servicio de ayuda a domicilio, inconfundibles, con su uniforme blanco. El servicio cuenta con ocho empleadas, que atienden a la población mayor tanto del núcleo de Gor como de los anejos.

Comunicaciones

Una de ellas es María Magdaleno. María discute con una vecina, Luzmari Sánchez, sobre los servicios que presta la localidad. María se queja de la falta de autobuses que comuniquen al pueblo con Guadix o con Baza –sólo dos a las 07:45 y a las 09:00 de la mañana con dirección a Guadix–. Luzmari pone un tono más optimista y habla, en cambio, de todos los servicios de los que se puede disfrutar en el pueblo: gimnasio gratuito, ludoteca, biblioteca...

María y Luzmari tratan de hacer memoria del número de nacimientos y bodas que en el último año se han celebrado en pueblo. Algunos números bailan arriba o abajo, pero en lo que sí se ponen de acuerdo es que el número de entierros al que han acudido en el último año es mucho mayor. Luzmari, no obstante, trata de suavizar el dato y «aclara que son muchos goreños que viven fuera que vienen a enterrarse aquí«, por lo que la estadística tampoco parece muy fiable.

Los años de prosperidad del municipio coincidieron con el auge de la industria remolachera en la comarca de Guadix, pero el campo dejó de dar oportunidades en la localidad y poco a poco sus habitantes buscaron fortuna en otros lugares. Santiago, de 52 años, echa cuentas y de sus treinta compañeros de clase en el colegio hoy deben vivir en el pueblo tres o cuatro. Los demás emigraron. Hoy la principal industria del pueblo es la residencia de mayores, que emplea a cerca de cuarenta personas. Junto a las ocho empleadas del servicio de ayuda a domicilio, hacen que los mayores constituyan hoy la principal fuente de riqueza del pueblo.

En Gor la actividad agraria es cada vez más residual, así como la hostelería, que sólo da para servir a los numerosos mayores del municipio. / Torcuato Fandila

El colegio del pueblo, que otrora contara con cerca de 300 alumnos hoy es un Centro Público Rural (CPR) en que cada día entran menos de una veintena de escolares. Muy pocos para poder compensar la alta cuota de población mayor. En el último año el pueblo ha perdido incluso algún escolar más por la falta de oportunidades que para los más pequeños ofrece el pueblo. Es el caso de los hijos de Eva María Fernández, quien regenta el bar del Hogar del Pensionista, y cuyos hijos han preferido vivir en Madrid para cursar sus estudios, «porque en el pueblo no había niños de su edad», apunta la abuela, María Jesús Salmerón.

El bar es el lugar de encuentro de algunos mayores del pueblo, aunque el acceso es libre a todas las personas del pueblo. Las tardes se pasan entre partida y partida de cartas. El número de jugadores varía según la época del año. Eva comenta que a veces no se puede jugar por falta de cuórum en los días más crudos del invierno.

Entre el as de bastos y la sota de espadas a veces se cuela en la conversación temas de caza, en las últimas semanas la política y, cómo no, el recuerdo de aquel pueblo en el que se escuchaba en las plazas y calles las voces y los juegos de la chavalería. Hoy no es así. Eva, incluso, ha dado el paso de meterse en política con la intención de dar un giro a la situación y se presenta como candidata a las próximas elecciones municipales.

La falta de habitantes va pareja a la falta de servicios. Para su establecimiento las opciones de elegir han sido escasas porque las compañías privadas no están interesadas en invertir en infraestructuras en sitios de baja demanda. Ambrosio Molina, de 78 años, se toma su café con leche antes de echar una caminata por los alrededores del pueblo. Eva recuerda como cuando era niña acudía a la panadería de Ambrosio a comprar una torta de aceite u otra exquisitez horneada por Ambrosio. Hoy la tahona la regenta un hijo de Antonio y el número de caprichos dulces que salen del horno ha descendido.

Ambrosio llegó al pueblo desde Freila hace casi cuarenta años. Una guerra de precios del pan lo trajo hasta Gor. Entonces el pueblo incluso daba oportunidades para instalarse en él, pero el camino que siguen la mayoría es el contrario.

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