José, Eduardo y Miguel, las tres vidas perdidas en el accidente de la pirotecnia de Guadix

Mucho dolor ayer en la plaza de las Palomas de la localidad accitana./JORGE PASTOR
Mucho dolor ayer en la plaza de las Palomas de la localidad accitana. / JORGE PASTOR

José Morales, el fallecido de mayor edad, comenzó a trabajar el mismo lunes en la pirotecnia, aunque no era la primera vez que colaboraba con ellos

JESÚS JAVIER PÉREZGUADIX

Guadix despertaba este martes, pero continuaba la pesadilla de la tragedia de la Pirotecnia María Angustias. Ninguna palabra de consuelo sanaba el dolor que sentía toda la ciudad, toda la comarca por los tres fallecidos. La ausencia de las tres víctimas de la explosión se dejaba notar en cada conversación y en cada rostro emocionado. Junto al Ayuntamiento una funcionaria lamentaba esa sensación: «¿Quién les iba a decir que no iban a volver a su casa?»

Antes de comenzar el pleno extraordinario, los bomberos accitanos mostraban en sus rostros el cansancio y la emoción. Uno de ellos se abrazaba a un vecino y no podía contener las lágrimas que trataba de esconder detrás de unas gafas de sol. Los agentes de la Policía Local y los voluntarios de Protección Civil acusaban el cansancio en sus rostros y sus cuerpos abatidos. Las miradas se cruzaban, los rostros se dirigían al suelo y se tragaba saliva, como para hacer más llevadero tan amargo trago que acaba siempre en silencio.

La ciudad de Guadix siempre se ha sentido orgullosa por los éxitos que los espectáculos piromusicales de esta empresa cosechó año tras año. Siempre se han compartido sus éxitos; es una empresa familiar sentida de un modo muy familiar por Guadix y en la mañana de este martes el dolor por la tragedia se sentía como propio. La ausencia de las tres víctimas mortales se sentía en la ciudad y muy especialmente entre sus amigos y en sus lugares habituales

En el bar Nico, en la avenida Mariana Pineda, se echaba de menos este martes a Eduardo Huete Gómez, de 52 años. «Si va a poner algo en el periódico, diga que se ha ido una bellísima persona», decía Patro tras la barra del bar. Las lágrimas se le saltaban al hablar de él, al que calificaba de «padrazo»; Eduardo deja tres hijas. «Él me consolaba cuando yo perdí a mi hijo», decía la cocinera y se encogía de hombros en gesto de impotencia. Señalando con uno de sus dedos a la barra, recordaba que Eduardo era un hombre casero y que solía tomar alguna cerveza sin alcohol en su establecimiento.

Eduardo era un veterano de la pirotecnia. «Llevaba años trabajando ahí, era de los más veteranos y era un hombre honesto y responsable con su trabajo», decía Patro reforzando sus palabras con sus gestos. Los conocidos enfatizaban el hecho de que Eduardo siempre hablaba con respeto sobre el oficio pirotécnico, de los cuidados con la pólvora y de todas las precauciones.

Algunos vecinos comentaban que Eduardo había salvado la vida en el accidente mortal que sufrió la misma pirotecnia en el año 2004. En aquella ocasión este veterano operario se había librado porque minutos antes se había producido el cambio de turno. Catorce años después su ángel de la guardia no estuvo al quite.

En cambio, José Morales Aparicio, de 55 años, comenzó a trabajar este mismo lunes en la pirotecnia, aunque no era la primera vez que colaboraba con la empresa. «Este sábado unos amigos le comentaban que dejase lo de los cohetes», recordó su amigo Manuel Ruiz. Manuel, que regenta un negocio de agricultura, Huerta Mami Angustias, lo definía como «un trabajador incansable y un buscavidas, lo mismo trabajaba en el campo que en la pirotecnia». En algunas ocasiones le había echado una mano en su explotación.

José estaba enfocado en el trabajo y en sus hijos; deja dos. «Sólo quería trabajar», comentaba una amiga al conocer la noticia. Manuel se despidió de José el pasado sábado y comentaron, precisamente, la nueva etapa que se abría para él con el trabajo en la pirotecnia. Manuel reflexionaba sobre la muerte de su amigo: «Esto es una lotería de las malas, te puede tocar una lotería de las buenas o de las malas, pero a veces es mejor que no te toque ninguna de las dos».

«No le gustaba distraerse»

«No le gustaba distraerse en el trabajo, incluso se dejaba el móvil en el coche para que no le interrumpiese mientras trabajaba, así era él», afirmó Manuel a la hora de hablar de su amigo. «Esta misma mañana lo he llamado, antes de saber que era una de las víctimas, y su móvil seguía sonando, seguramente se lo dejó para que no le molestase», y poco después Manuel se enteraba de que su amigo, «compañero de fatigas», era uno de los tres fallecidos en la explosión del pasado lunes.

Manuel comentaba a través de las redes sociales la pérdida de su amigo. Las reacciones a la publicación de Manuel se sucedían rápidamente como un rosario de comentarios en el que se mostraba el cariño y se hacía hincapié en que José «era una bellísima persona».

La tercera víctima, el más joven de los tres, Miguel Pérez, era miembro de la familia propietaria de la pirotecnia; la pólvora estaba impresa en sus genes. La familia ya sufrió la pérdida de uno de sus miembros años atrás en otro accidente pirotécnico. Su padre, Pepe, también había formado parte de la empresa y él formaba parte de la cuarta generación de la familia que la fundó hace ya más de cien años.

Miguel era aficionado al fútbol sala, era habitual en los partidillos en el pabellón, comenta José Heras, amigo de Miguel a través de su afición común por el deporte. Más joven había dado sus primeros pasos en el mundo del atletismo. También era un apasionado de la música electrónica. Era una persona muy conocida entre las personas de su rango de edad. Su afición era la de ser DJ e incluso se había comprado su propia mesa de mezclas.

 

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